En algún momento hace muchos miles de años
arribaron hombres a la costa norte de Mallorca y descubrieron un entorno
en el que podrían sobrevivir.
Se supone que habitaron en cuevas y que erigieron por lo menos una parte de los
talaiots como monumento funerario para sus muertos.
Los talaiots son de un tamaño impresionante pero su espacio interior es
mínimo. Además estos monumentos de piedra se construían
siempre en puntos que eran estratégicos para los hombres de esa época.
Quien haya trepado por los enormes sillares se habrá
dado cuenta de ello.
El norte y noroeste de Mallorca son muy ricos en estos yacimientos arqueológicos.
Solamente en el municipio de Santa María hay 153 excavaciones que dan
testimonio de que esta región había estado habitada desde tiempos
muy remotos.
Aunque el pueblo se encuentra a unos 10 kilómetros de la costa posee una
playa propia: la playa de Santa Margalida, con su zona turística de Can
Picafort en la bahía de Alcudia. A este municipio pertenece también
Son Serra de Marina. En esta pequeña ciudad viven hoy 4.500 habitantes
denominados santamargaliders.
La primera iglesia parroquial de Santa Margalida se cita en los archivos por
primera vez en el año 1232 y fue destruida en el siglo XIV por un incendio
tras el cual se realizaron diversas obras en el edificio hasta el siglo XVIII.
Desde esta fecha se han modificado solamente detalles insignificantes.
La iglesia está consagrada a Santa Margarita, cuya historia asemeja una
historia de Sherezade de las Mil y una Noches. El origen y el escenario de la
leyenda se remontan a la cultura árabe. Los trovadores que procedían
de los países de Oriente recitaban sobre ella: la princesa inocente y
encantadora que fue botín de un dragón. Con la magia de sus ojos
seductores consiguió
dominar a la bestia, que comenzó a seguirla como
un perro leal. Los conquistadores cristianos llamaron con
su nombre a este hermoso lugar. Ella y Santa Catalina Tomás
son veneradas por los santamargaliders desde hace tiempo
como patronas del pueblo.
En el siglo XVII dominaba en Mallorca el caos y el hambre. El clero católico
se encontraba al lado de la nobleza e intentaban conjuntamente evitar cambios
económicos y sociales. Uno de ellos era el conde Ramón Zaforteza
de Santa Margalida, cuyo palacio se encuentra ante la casa parroquial. Quería
imponer sus derechos feudales con represalias masivas contra los burgueses, quienes
intentaban recuperar los suyos mediante pleitos jurídicos de modo legal.
Pero Ramón Zaforteza contrató
a asesinos para intimidar a los habitantes de Santa Margalida.
En noviembre de 1647 la situación se hizo insostenible y estalló:
un respetado y honorable representante de Santa Margalida, Baltasar Calafat,
fue asesinado en el umbral de su casa por los escuadrones de la muerte del conde.
Calafat había luchado por los derechos civiles y pagado con su vida la
resistencia contra el señor feudal. Sin embargo, el tiempo del conde había
llegado a su fin. Los ciudadanos se habían indignado de tal manera por
la muerte de Calafat que el conde tuvo que huir por miedo a la venganza y retirarse
a su aislada propiedad a los pies del Galatzo. La leyenda cuenta que aún
hoy el Comte Mal continua haciendo de las suyas como espíritu maligno
en la cumbre del Galatzó.
Santa Margalida siempre fue un pueblo acomodado. La vista desde la plataforma
tras la iglesia nos permite una impresión de los pastos de los campos
cuyos cereales traían la riqueza a los habitantes. Es un paisaje amplio
con colinas suaves que se adentran sin costuras en el pla de Mallorca. En el
día de hoy esta región continúa siendo el granero de la
isla y la región de tradiciones más ricas de Mallorca.